La Frase de la semana • Winston Churchill

Ya lo decía Leandro N. Alem en 1880 con un claridad contundente: “una cabeza gigante en un cuerpo de pigmeo”. Se refería a la discusión (eterna) en torno a la cuestión de Buenos Aires como capital del país. Ya lo vemos, no era original al referirse a las características particulares de nuestro sistema federal.

En la década de 1860, las discusiones, con Bartolomé Mitre incluido, se referían a la estructura estatal como los “13 ranchos y el puerto”. Los 13 ranchos eran las provincias, el puerto, la cabeza del gigante. Cómo sería la desproporción ya en esa época, que el presupuesto de los ranchos era la cuarta parte del asignado al puerto y las autoridades nacionales se encontraban como ”huéspedes” en la ciudad de Buenos Aires.

Este desequilibrio no hizo sino agigantarse. Con el correr del desarrollo de Argentina en el siglo XX y las consecuencias derivadas de las migraciones internas se distorsionó aún más la estructura demográfica del país.

Al mismo tiempo, se iba abriendo el juego electoral sumando actores y protagonistas con la ley Sáenz Peña (aprobada en 1912 y estrenada en las elecciones de 1916 con un triunfo radical) y las sucesivas ampliaciones que siguieron a esta normativa, hasta llegar a un sistema de voto universal, obligatorio y secreto para los ciudadanos argentinos al sancionarse el voto femenino (en vigencia desde 1951)*.

La industrialización liviana propuesta como política económica por el peronismo, la mayor riqueza del área pampeana, la posibilidad de acceder a mejores condiciones de vida y servicios son solo algunas de las causas que explican la concentración demográfica y macrocéfala que explotó hacia la mitad del siglo XX.

Las provincias del noroeste y del nordeste se convirtieron en expulsoras de población, a las que se sumaron inmigrantes, no ya del sur de Europa como lo fue durante los 50 años anteriores, ahora provenían, también, de países limítrofes como Bolivia y Paraguay. No sólo era la ciudad de Buenos Aires el objetivo único, sino que se fueron agregando focos urbanos en zonas aledañas. Así, llega a concentrarse un tercio de la población en un espacio bastante reducido, si tomamos como referencia la extensión total del país, nace el conurbano bonaerense.

 

Mientras estos fenómenos sociales se producían alterando, sustancialmente, la distribución y composición demográfica argentina, la vida política nacional se fue orientando a una democracia tutelada desde los cuarteles militares.

Tanto radicales (yrigoyenistas) en la década del ´30 como los peronistas (1955-1973) fueron proscriptos. Todo esto, salpicado por un contexto mundial de crisis permanente dada por la Guerra Fría entre la URSS y Estados Unidos, las dos superpotencias de la época. Para complicar un poco más el estado del conflicto político argentino, la revolución cubana de 1959, hizo que se posaran los ojos de EE.UU. en su tradicional ”patio trasero”, vigilando que no se repitiese la experiencia cubana en el resto de América Latina o que se extendiese la presencia de grupos revolucionarios o de izquierda.

Finalmente, a mediados de los años ´70, la muerte de Juan Domingo Perón (1974) y la explosión de la interna peronista con un cuadro de crisis socioeconómica de fondo, condujeron a una inestabilidad tal que, en 1976, las Fuerzas Armadas se hicieron cargo del poder en forma ilegítima, con un particular proyecto que contó con apoyo civil y una colonización y expoliación del Estado entre las tres ramas militares.

 

* Uno de los grandes mitos políticos argentinos, la lucha por el sufragio femenino es preexistente al peronismo.

 

 

 

Esta nota forma parte de la primera entrega del ensayo  «La larga agonía de nuestra democracia» :

1 MannBit 1983